Perdonar y pedir perdón; fácil de decir y fácil de escribir,
pero qué difícil es ponerlo en práctica sinceramente y desde lo más profundo
del corazón.
Esta pareciera que es una labor titánica para la gran mayoría de la
humanidad; por allí dicen "Prohibido olvidar" "Dios perdona,
pero yo no", "Perdono, pero no olvido". Y es que creemos
que castigamos a la otra persona con no cederle el perdón, pero la
verdad es que esa actitud es un atentado para nuestra propia vida.
Esto nos causa un sinnúmero de reacciones como el estrés, ansiedad,
depresión, rencor, odio; nos quita el sueño, produce amargura, intranquilidad,
infelicidad, dureza de corazón, rabia, muchas enfermedades, tristeza... Es una
lista interminable de consecuencias negativas que la falta de perdón
produce en una persona, afectándole en gran manera en todo lo que hace en
su vida.
Todos hemos ofendido: Consciente e
inconscientemente, todos podemos hacerle daño a otros, así como otros nos han
dañado a nosotros; quizás sin querer o sin tener la conciencia de ello, hemos
ofendido a un cercano o a un lejano. ¡Nadie es perfecto!, pero es muy común que
las personas a las que les hemos hecho daño sean nuestros padres, esposo,
hijos, hermanos, amigos, otro ser querido, un vecino, un compañero de trabajo,
un hermano de la iglesia e incluso un desconocido.
Perdonar es libertador: Perdonar es una acción libertadora que produce paz en el corazón y nos permite sonreír desde el fondo de nuestra alma; produce una hermosa sensación de calma. "No le debo nada a nadie", "estoy en paz con Dios y con todos" eso da un profundo respirar, un dulce sueño, un corazón sano y una vida plena. Perdonar, pedir perdón y ser perdonado se convierte en un acto de valentía que nos hace crecer, madurar y saber que todos podemos fallar, pero no todos saben perdonar; nosotras nos hacemos responsables delante de Dios de lo que nos toca.
Testimonio sobre el rencor: En mi propia experiencia, yo era una mujer que no sabía perdonar, estaba llena de rencor y de rabia por el agravio que había recibido de otros en el pasado; sentía que no merecía todo lo que me habían hecho. ¿Por qué a mí? No lo podía soportar. Con el tiempo fue tanta la acumulación de rencor que parecía una bomba a punto de explotar. El estrés y la tristeza se apoderaron de mi ser por muchos años; luego vinieron las enfermedades y la sonrisa empezó a escasear porque tenía amargura de espíritu. Estaba sumergida en un hoyo que no sabía cómo escalar y que parecía que no tenía salida; tenía un dolor muy profundo y pesado en el corazón, hasta que llegó un momento en que sentí que mi vida estaba en peligro. Estaba extremadamente cansada de tanto dolor; el tiempo que llevaba soportando esa carga y esa oscuridad me estaba robando la vida.
Jesús entró a mi vida: Fue en el momento en que Dios llegó a mi vida y en el momento en que le dije al Señor Jesús "entra a mi corazón", "perdona todos mis pecados". En ese momento todo empezó a cambiar, pero empecé a ser confrontada porque, si Dios me perdonaba a mí, ¿por qué yo no perdonaba a otros.
Y no le voy a mentir, no quería hacerlo, pero supe que debía perdonar porque Dios me lo demandaba. Así que en medio de la rabia y la resistencia nació un compromiso ante Dios en que yo también tenía que perdonar a los que me habían ofendido, así como Dios me perdonaba a mí todo lo malo que había hecho en mi vida y todos los agravios que les había hecho a los demás; quisiera decirles que fue fácil e instantáneo, pero no, fue un proceso de años, de aprendizaje, de entendimiento, crecimiento, madurez en la palabra y con una relación con el Espíritu, en donde me caía y me paraba nuevamente, pero lo logré.
Aprendí a entregarle todas esas cargas y ese dolor a Jesús, aprendí
a soltar, mientras él trabajaba en mí internamente y destruía las fortalezas de
oscuridad que llevaba dentro. Una y otra vez le decía: "Dios enséñame
a perdonar, no sé hacerlo, deseo perdonarlos a todos, estoy cansada y quiero
ser libre de este dolor". Fue así como el Señor Jesús fue
sanándome, libertándome, y fue él quien me dio las fuerzas, las
herramientas espirituales y la sabiduría para hacerlo y decir de
todo corazón las veces que fuera necesario: "Los perdono".
Después tuve que perdonarme a mí misma por el daño que me había hecho,
teniendo la valentía para reconocer que yo también había hecho mucho daño
y que tenía que pedirles perdón a personas cercanas a quienes había
ofendido.
Espíritu Santo mi Ayudador: Nosotras no estamos ni huérfanas ni
solas; Dios nos dio por medio de Jesús una promesa, al Espíritu Santo de Dios.
Él es nuestro ayudador, sustentador, quien nos sostiene, y es él quien nos
ayuda en este proceso muchas veces doloroso. Nos limpia, nos revela, nos
liberta, nos sana, nos guía, nos consuela; él hace una obra majestuosa de
sanidad interior, corazón, cuerpo, alma y mente para que realmente seamos
libres del rencor y del odio y Satanás no tenga dominio sobre nuestras vidas. ¿Qué tenemos que hacer? Disponer el corazón y toda nuestra voluntad. Destapa tu corazón delante de él y él te ayudará a perdonar y serás libre.
Con el tiempo ha sido maravilloso sentir en mi vida el efecto tranquilizante del perdón. Es un trabajo diario sentir cómo la paz de Dios iba entrando en mi vida; la sonrisa refleja la tranquilidad del alma cuando se quita el peso del dolor y entra la alegría y la paz de Dios. El alma sana y se contenta con tan solo la preciosa acción de recibir el perdón de Dios, perdonar y de pedir perdón; eso no tiene precio. Es una bendición saber que Dios nos da ese inmenso y poderoso regalo del "perdón", si Dios me perdona a mí, ¿quién soy yo para juzgar y no perdonar a otros? Todas somos iguales ante los ojos de Dios y todas nos hemos equivocado en algún momento, y hemos errado, pero Dios es justo y soberano; a cada uno nos pedirá cuentas y debemos dejarle a él que haga su trabajo de juez.
Hoy, reconoce al Señor Jesús como el Señor de tu vida y pídele que te ayude y que te enseñe a perdonar. Yo sé que no es fácil en la voluntad humana, y quizás no puedes hacerlo en tus propias fuerzas, pero si dispones tu corazón, el Espíritu Santo te ayudará y te fortalecerá. "PERDONAR" de verdad a quienes te han ofendido a lo largo de tu vida será el paso más seguro, firme, sanador y lleno de tranquilidad que te dará la oportunidad y la libertad de vivir en paz y en obediencia delante de Dios.
