2 Corintios 4:16-17 "Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación
momentánea produce en nosotros un cada vez más eterno peso de gloria"
El libro de 2 Corintios
fue escrito por el apóstol Pablo para la iglesia de Corinto. Pablo fue un
perseguidor de la iglesia de Cristo, quien luego tiene un poderoso y
sobrenatural encuentro con Jesús y desde ese momento su vida es transformada,
para luego convertirse en uno de los servidores de Cristo más destacados y
sobresalientes de las escrituras en el Nuevo Testamento, por su profunda y
apasionada relación con Cristo y su iglesia.
No obstante, a Pablo le tocó
pasar muchísimas aflicciones por amor a Cristo, quien nos dejó grandes
enseñanzas en cada palabra para no desistir, sino a confiar, a creer, alimentar
nuestra fe, a levantarnos sin desmayar. Aprendiendo a gozarnos en medio de los
problemas y situaciones externas y a renovarnos cada día en lo interior de
nosotros con la poderosa y viva palabra de Dios.
Todos los hombres y mujeres a
quienes Dios usó pasaron por grandes y terribles aflicciones, pero de todas
ellas los libró Dios, y todo fue usado para crecimiento, propósito, para
manifestar su poder y sabiduría ante los hombres y para gloria suya.
Cristo es nuestra luz y nos da de
su luz para que las tinieblas no prevalezcan en medio de nosotros, sino que
nuestro conocimiento sea iluminado y lleno de la palabra de Dios, renovando
nuestro entendimiento y nuestro espíritu para el completo conocimiento de la fe
en nuestro amado Jesús, quien nos advierte que en el mundo tendremos
aflicciones, pero confiemos con todo nuestro corazón en él, porque ya él venció
al mundo.
En las aflicciones y en el sufrimiento de Pablo ejerciendo su ministerio y por su fidelidad, lealtad y amor al Señor, llevado hasta la muerte. Sin embargo, sus palabras para nosotros son de amor, gozo, alabanza, esperanza y fe en nuestro amado y Señor Jesucristo, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús a nosotros también nos ayudará y resucitará con Jesús para gloria y honra suya. Su Santo Espíritu es nuestro Consolador, ayudador, compañero y guía; el que nos fortalece en medio de las aflicciones, para llevarnos de gloria en gloria y de victoria en victoria.
¿Estás pasando por una aflicción? A todos nos toca. Son parte de la vida; aún más en Cristo son necesarias para nuestro crecimiento y renovación espiritual. Corrección, disciplina, para que aprendamos a poner nuestra confianza en Cristo. Negándonos y muriendo a nuestros propios y egoístas deseos, para poder llegar a cumplir la misión para la cual fuimos creados. No viendo lo visible, sino al invisible, por medio de la fe, porque todo pasará, y todo es temporal, pero sus palabras no pasarán y sus promesas son eternas.
Oremos:
Padre Celestial, te doy las gracias por tu amor, por tu misericordia. Gracias por todo lo que me das, gracias por tu protección y sustento. Gracias aún por todo lo que estoy pasando, porque sé que tú estás conmigo y que no me dejarás, ni me desampararás, sino que me fortalecerás para no desmayar.
Señor Jesús, siento que me estoy desgastando, que no puedo más con esta aflicción, pero tu
palabra dice que viva por medio de la fe en Jesús y en tu viva y poderosa
palabra. Día a día mi espíritu será renovado por tu Santo Espíritu, porque todo
esto es tan solo una muy leve tribulación, y que es una situación momentánea
que tendrá un fin. Todo será para gloria tuya y descanso mío. Permite que essta aflicción produzca en mí un excelente y eterno peso de tu poderosa gloria.
Veré un milagro a mi favor, a
favor de mis hijos, de mi esposo, de mi familia, de mis
amigos, de mi trabajo. De mis estudios, a favor de mi provisión, de mi salud, de mi nación y a favor de mi relación espiritual
contigo.
Tú me defiendes del enemigo y de
mis angustiadores y de todo aquel que venga en contra de mi vida; tú eres Señor
de lo visible y de lo invisible. Destruye los planes del enemigo en mi contra. Tú levantas mi corazón, me defiendes del lazo del
cazador, del yugo del enemigo y me das libertad, porque ya venciste al
adversario de mi alma, solo tú, Señor me haces verdaderamente
libre. Esto te lo pido en el poderoso
nombre de Cristo Jesús. ¡Amén!

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